¿Quién dijo que la historia la hacían sólo los grandes?

Por Hugo Merino N. (Futbolero Mayor)Cuando uno analiza el fenómeno de Ñublense puede caer en dos tipos de explicación. El masivo y repentino, que se suma al carro de la victoria y decir ¡Grande Ñublense! y quedarse en los alhagos. O simplemente reconocer que la clasificación de los chillanejos a la Sudamericana es un espaldarazo a la seriedad, un acicate a los procesos, a quienes hacen del fútbol, una actividad con objetivos y no una pasión descabezada.
Ñublense siempre hizo noticia. Antes de que a los párrocos del relato se les ocurrieran horribles lugares comunes como bautizarlos de "La Longaniza Mecánica" o "Ñublensester" en clara alusión al burdo "recurso copia" tan mal utilizado por el periodismo chileno. Estos hace rato que estaban dando pautas de cómo funcionar como club chico sin querer saltarse las etapas en el intento.
Al cuadro que retornó al profesionalismo se le sumó un trabajo serio y con claros objetivos de retorno a la Primera División. Es ahí donde entra a jugar el ingrediente cúlmine de una red de apoyo que resulta vital a la hora de explicar el éxito de la aventura roja por el principal fútbol competitivo. La ciudad misma de Chillán.
A diferencia marcada de otros pésimos referentes del balompié nacional como Deportes Concepción, que sobrevive escandalosamente en un deporte real con sólo castillos en el aire o a la mala experiencia de Huachipato, que consolida su institución y nunca concluye su avance con logros deportivos de calidad, el cuadro chillanejo sí consiguió irse solidificando gracias a un apoyo consciente y constante de su comunidad, la que no sólo llenaba el estadio de hinchas sino que se identificó con sus colores sin caer en favoritismo con los cuadros más grandes, se las arregló para movilizarse cuando no se jugó un sólo partido en su reducto basal, el Nelson Oyarzún y aprovechó cada recurso disponible en la zona (medios de comunicación, autoridades, comercio local) para armarse de un proyecto sólido y dirigido a metas concluyentes.
Cuando alguna vez, Luis Marcoleta supo que sólo participaría como invitado en la Primera B, pidió un equipo competitivo y esa buena campaña terminó marcando la diferencia. A pesar de no tener derecho al ascenso por el curioso sistema de torneo implementado por la anterior administración de la ANFP, el Rojo siempre fue protagonista y generó espectáculo asegurando con ello la masividad de su gente, apostando a que esos planteles tuviesen siempre por meta el escalar alto en las posiciones.Así llegó el ascenso anhelado tan sólo cuando tuvieron la venia para ir por el retorno a Primera A. Y apenas entraron en el selecto grupo, en un fútbol que de selecto tiene poco, su idea de ser más que comparsa participante, liderada esta vez por Fernando Díaz y un grupo de jugadores de los llamados "picados", hizo de este equipo un animador constante del campeonato, no sólo en loos números sino en la manera de encarar los partidos, con soltura a la hora de atacar y pragmatismo de "equipo chico" a la hora de defender.
Dónde están los grandes nombres o los enormes sueldos en Ñublense. No existen, a diferencia de los demás equipos de la región y lo que es más meritorio, ni siquiera en los cuadros denominados "grandes" de la capital. A este club sólo le bastó marcar las directrices correctas y conjugar todos los recursos disponibles en una ciudad sin fútbol para abanderizarla y ponerse a la altura de los mejores cuadros del torneo.Eso, más allá de los nombres es lo que suma. La seriedad. Lo de Ñublense no es casual. Como para que los demás equipos de la Octava región miren, anoten y aprendan.










































